Miguel Pinto, director de la Fundación Vía Célere.Las ruedecitas que nos permiten empujar las maletas en vez de cargarlas se comenzaron a utilizar por primera vez en el Siglo XX. Aunque parezca algo muy evidente, lo cierto es que hemos tardado miles de años (y muchas lumbalgias…) hasta dar con ello.

Esta es la esencia de la creatividad: la conexión entre ideas que, antes, a nadie se le había ocurrido relacionar.

El desafío consiste en encontrar relaciones que nos puedan ser útiles en este momento. Sin embargo, esto es cada vez más difícil de lograr. La frontera del conocimiento, como la onda que resulta de lanzar una piedra a un lago, es una circunferencia que va creciendo y donde la distancia entre los distintos campos del saber aumenta. Además, cada punto de ese perímetro es un novedoso campo del conocimiento que exige gran esfuerzo para dominar. Es como crear nuevos idiomas con léxico, morfosintaxis y pragmática propios, pero sin diccionarios bilingües ni gramáticas comparadas.

Este es el motivo por el que asistimos cada vez más a “echo chambers”, sistemas cerrados sobre sí mismos donde se produce un eco de ideas y de conductas que degeneran en endogamias inflexibles. En resumen, faltan puentes.

En lo que respeta a la innovación faltan puentes entre la teoría y la práctica, entre profesores y empresarios, entre la universidad y la empresa. Es algo, a la vez, muy sabido y muy desatendido. Insistir en este vacío es el principal motivo de escribir esta opinión. Está en juego la creatividad.

Por último, tengo entendido, que para construir un puente hacen falta ganas, tiempo y empezar desde las dos orillas.

Miguel Pinto, director de la Fundación Vía Célere