Auge, recesión, depresión y recuperación son las fases del ciclo económico y en su génesis el crédito juega un papel importante.  Se dice que el crédito tiene carácter procíclico porque sus efectos tienden a potenciar cada una de estas fases. En las fases de expansión y auge, una combinación favorable de apalancamiento operativo y financiero mejora los beneficios de las compañías.

La mejora del clima empresarial hace que los empresarios respondan incrementando la producción,  invirtiendo en mejoras de capacidad y contratando más empleados, lo que provoca un incremento de la confianza de los consumidores  y en consecuencia  mayor consumo privado.  En esta situación el valor de los activos financieros  e inmobiliarios es alto, lo que provoca un efecto riqueza positivo que realimenta el ciclo y permite que mejore la capacidad de endeudamiento de los agentes.

Ante este panorama  los bancos responden  incrementando  su actividad crediticia. Las bases imponibles mejoran en prácticamente todas las figuras impositivas de manera que los ingresos del Estado se disparan,  lo que suele traducirse en una menor disciplina de gasto, impulsando nuevamente el desempeño de la economía. En la fase de auge todos los agentes tienen la falsa sensación de que el riesgo se ha reducido y que la actividad continuará así por mucho tiempo.

Por el contrario, es en esta fase cuando, fruto del optimismo y abundancia de recursos,  el riesgo es máximo y la rentabilidad que debería esperarse menor.  Ahora el crédito es barato y abundante, lo que provoca un proceso de acumulación de deudas que deberá ser purgado en una fase posterior que siempre se presenta.  Porque los árboles no crecen hasta el cielo y con el tiempo se demuestra que el ciclo siempre se repite. Así, en la fase de auge la economía funciona al límite de su potencial y los  empresarios responden incrementando sus precios.

Ahora la  inflación aparece y la política monetaria responde con medidas restrictivas. Consecuencia de ello los Bancos Centrales comienzan a subir los tipos de interés y el crédito se ralentiza. Comienzan a materializarse las primeras pérdidas en aquellos proyectos que presentan unos ROI´s (rentabilidad de la inversión) más ajustados. Aparecen los primeros despidos, el valor de los activos financieros e inmobiliarios empieza a caer y la  capacidad de obtener nuevo crédito se reduce, lo que acelera el ciclo recesivo.

La recaudación del Estado disminuye y se incrementa el déficit. El Estado responde subiendo los impuestos y reduciendo la inversión. Ahora, muchos proyectos que parecían adecuados en la fase de auge muestran sus debilidades y fracasan. Los bancos se vuelven más exigentes y reducen el nivel de sus préstamos. Así comienza la fase de recesión en la que los agentes más débiles desaparecen y el nuevo ciclo purga los excesos cometidos.  Atravesada la fase de recesión, llegamos a la de depresión.  Ahora algunos se dan cuenta de que hemos ido demasiado lejos y perciben que, con unos precios deprimidos en exceso, el riesgo de invertir es mínimo y la rentabilidad esperada es alta…… y volvemos  a empezar.

Conduciendo con las luces largas: “el carácter procíclico del crédito”, por Pedro Gila, director patrimonial de Vía Célere.